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▶️ Vídeo: La Farruca bailando

01 / 16 / 2018

Imágenes extraídas del DVD “Bodas de Gloria” https://flamencovivo.es/tienda/farruquito-1996-bodas-gloria/ #Farruco#Flamenco

Las patillas y el sombrero
la barba de cuatro días.
Los ojos, radiografías.
Los pies no tocan el suelo.
Al Mundo la ha dao mil vueltas
y siempre acaba volviendo
a su propio campamento
en medio de mil tormentas.
Baile de macho caliente
que no necesita espejos.
Le sobra con el reflejo
de lo que ha visto en la vía.
¡Y al verlo, por bulerías¡
quien dice: “Farruco es viejo”

Farruco me contaba lo que escribo. Que descendía de gitanos de Cantabria del linaje Montoya. Nieto de Don Ramón Montoya, el que inventó la guitarra flamenca de concierto. Esos Montoya de Cantabria era gente ilustrada. Farruco decía que tenía tíos en la curia y en el clero, pero tuvo que elegir entre un ambiente sedentário y la vida de canastera y andarríos que escogió su madre. Su madre, que hacía una docena de canastas en un rato….

Farruco y su madre vinieron bajando los ríos de España, desde el norte hasta los alrrededores de Sevilla, viviendo bajo los puentes. Cortando varetas. Haciendo canastas, y vendiéndolas en “los lugares”

Que alegría ser gitano
y “pará” en los olivares.
Y “mandá” a las mujeres
por “comía”, a los lugares

Esta letra por bulerías no tiene ninguna connotación machista. Las mujeres iban a los lugares porque los gitanos andaban escondidos bajo los puentes huyendo del servicio militar o alguna pequeña distracción:

Una gallinita
en medio de un llano.
¡A ver quien se resiste
siendo gitano¡

Con la “jambre” de la posguerra ya estaban Farruco y su tribu asentados bajo un puente, cerca de Sevilla. Me hablaba de aquellos tiempos de penuría y de los trucos para poder comer. Acechaban un cochino de su agrado y lo envenenaban deslizándole (los niños) unos higos chumbos rellenos de fósforo. El cerdo moría presentando un color azulado intenso, típico de la peste porcina, y los propietarios ganaderos lo arrojaban a un vertedero bien conocido de los Farrucos. Del cerdo se quitaban todas las vísceras y el resto, bien lavado y troceado, servía para las mil perversiones de los gitanos hacen con con un “balichó”, su animal totémico. Años mas tarde, la primera vez que la familia Farruco comió en mi casa, le recibí con la cara completa de un cochino.

Los pavos se aliñaban pasándole bellotas rellenas de yeso. Las bellotas se abrían con mucho cuidado, se sacaba el fruto y se rellenaban con yeso, mezclándoselas a los pavos con las buenas. Una vez que se abrían las bellotas en el estómago, los pavos se quedaban tiesos. Y para el vertedero.

Farruco decía que había aprendido a bailar de los caballos. Del soniquete de los cascos por los caminos. Las múltiples combinaciones rítmicas de los cuatro cascos, a lo largo de horas, le sugerían los zapateados, las llamadas, las síncopas… muchos hallazgos del baile flamenco que Farruco empezó enseñar a sus contemporáneos. Sube a los escenarios de los ballets españoles el baile macho. Casi ná, en aquellos tiempos de bailarines: Antonio, José Greco, Luisillo, Antonio Gades…

Sus primeros bailes los dio en los cuartitos de la Alameda. El caso es que empezó a ir cada tarde, andando, desde su puente y su río hasta la Alameda de Hércules. En alpargatas, con las botas de bailar colgadas del hombro.

Un vecino de buen corazón, apenado por la vida de esa familia debajo de un puente, les regaló un pisito en el pueblo. Farruco, inmediatamente, cambió el piso por una Vespa para sus desplazamientos a la Alameda de Hércules. Y siguió viviendo debajo del puente de acuerdo con la ley de los gitanos canasteros o andarrios.

En una ocasión, bailando en una sala de Lisboa, recibió una llamada de Pulpón, el super manager del flamenco. Farruco estaba ganando mil pesetas diarias y no pudo rechazar la propuesta de Pulpón. Se trasladaría a Berlin desde Lisboa, para bailar en un cabaret, ganando tres mil pesetas diarias.

Farruco salió inmediatamente para Berlín y se presentó en la dirección del cabaret preguntando, lo primero, por el cantaor y guitarrista. Por supuesto no había ninguno. A cambio le pidieron las partituras que debía entregar a la orquesta para empezar los ensayos.

No había cantaores ni guitarristas ni partituras. Farruco se encerró en su camerino, tratando de digerir la situación, cuando escuchó, en el camerino contiguo, a un saxofonista ensayando. Llamó a la puerta y se sentó con el saxofonista, que era aleman, proponiendole la pirueta del siglo. Con algunas melodías supuestamente españolas, desde pasodobles al Capricho Español de Rimsky Korsakof, Farruco montó su show, con el que trabajó tres semanas.

Cuando Los Bolecos (Farruco, Matilde Coral y Rafael El Negro) bailaban en un tablao de Sevilla, Farruco y yo aprovechábamos los descansos para fumarnos un pitillo en la calle. Una noche, hablando de Isidro Vargas me dijo: por bulerías El Mono (Isidro) nos monda a todos.

Hoy viene a mi memoria el recuerdo de la muerte de Farruco. La familia me pidió ayuda para organizar la despedida de ese genio. Primero me propusieron solicitar el Teatro Lope de Vega para instalar allí la capilla ardiente, pero en esos días estaba ocupado por la Compañía de Cristina Hoyos. El segundo intento lo hice con el Ayuntamiento de Sevilla pero lo único que conseguí fue un centro cívico en la Barriada de los Carteros, muy alejado de su casa.

El tercer, y definitivo intento lo hice con la Peña Torres Macarena, la asociación flamenca más prestigiosa de la ciudad, a la sazón presidida por un gitano que nos dio toda clases de facilidades para la instalación de la capilla ardiente. Después de que la familia diese su conformidad y lo comunicase a los medios empezaron a llegar a la Peña las coronas de flores del Ayuntamiento, Junta de Andalucía, y otras instituciones relacionadas con el flamenco, así como amigos y aficionados.

La sorpresa llegó sobre las doce de la noche. El presidente nos comunica que, reunida la junta directiva de la Peña, todos gachés, no autorizaban la ubicación del féretro de Farruco. Acabamos en los bajos de la modesta casa de Farruco una docena de amigos acompañando a la familia. Racismo en las Peñas…

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