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DIEGO DEL GASTOR: LAS MATEMÁTICAS DEL FLAMENCO

12 / 19 / 2017

Descarga el disco «En un cuartito los tres» con Diego del Gastor, Manolito de María, Juan Talega, etc aquí: https://flamencovivo.es/tienda/cantes-de-alcala/

Tenemos que aceptar, por obvio, que la música es, esencialmente, la ordenación de los sonidos en el tiempo. Para Diego este axioma se convirtió en un dogma de fe que llevó hasta sus últimas consecuencias. Cuando Diego acompañaba a un cantaor por soleares, por seguiriyas o por bulerías no se paraba nunca, ¡NUNCA! Diego marcaba, implacable, el ritmo alterno de doce tiempos como lo haría el batería de un grupo musical. Tenía la conciencia perfecta de su papel de “base” y sabía que, en el cante flamenco el ritmo lo marca el guitarrista. Nunca el cantaor.

Con Diego disfrutaban todos los maestros perfectamente “cuadrados” por seguiriyas, soleares, cantiñas o bulerías: Juan Talega, Perrate, Fernanda, Amparo y María Torre, Joselero o Ansonini. Por el contrario no querían saber nada de Diego los cantaores que no respetaban esas reglas del juego. Decía Juan Talega, maestro y mentor de Antonio Mairena, que Antonio nunca quiso cantar con Diego y prefería a Melchor porque maquillaba sus descuadres, motivados, sin duda, por un exceso de facultades que le hacían alargar algunos tercios por encima de los doce tiempos.

Algo parecido ha ocurrido siempre con el fandango alosnero: El Pinche, Sebastian Perolino o Juan Díaz no se paraban ¡NUNCA! Por eso es tan difícil ejecutar, a ley, ese tipo de fandango. Por eso Paco Toronjo ha dejado ese inmenso vacío tan difícil de llenar. Es lo que en flamenco se llama la cuadratura, que si ya es difícil en el compás de tres por cuatro del fandango, imagínense en los ritmos alternos de doce tiempos que combinan compases binarios y ternarios. “En casa del jabonero el que no cae resbala…”

Decía Juan Talega: “…los tocaores más se hacen buenos tocaores mientras más le tocan a cantaores buenos porque, ni que decir tiene, que el tocaor es el que lleva al cantaor. A mi me gusta mucho estar con Diego. Me conoce y me hace cantar. Siempre que me toca Diego tengo que cantar bien…” En los mismos términos se expresaban Fernanda y Perrate.

Diego ha sido un tocaor “fundamentalista” del que huían siempre los cantaores descuadraos que, por desgracia, hoy son mayoría. Diego se negaba a grabar discos, a salir de su pueblo y a prestar su guitarra a cantaores que desconocían la medida de los cantes. Fué un perfecto desconocido en los ambientes flamencos de nuestro país, mientras era venerado en casi todo el mundo a través de los cientos de discípulos extranjeros que pasaron por Morón y por esa Universidad Flamenca que fue el Cortijo Espartero.

Hemos entrado en el tiempo flamenco del “todo vale”. En las bases del concurso de nuestra Bienal Flamenca puede leerse con claridad: “los concursantes han de ejecutar tres estilos, al menos uno a compás” Yo, personalmente, no conozco ningún estilo flamenco libre. Desde el martinete, canto de trabajo en el que intervienen dos machacadores y un tercero que voltea la pieza (y si no hay compás adiós manos del tercero), hasta las malagueñas o granaínas donde subyace siempre el tres por cuatro del fandango bailable, llámese abandolao o fandango de Granada.

Manolito de María (Alcalá de Guadaira. 1963. Foto: George Krause) y Diego del Gastor (El Gastor 1970. Foto: William Davidson)

Manolito de María (Alcalá de Guadaira. 1963. Foto: George Krause) y Diego del Gastor (El Gastor 1970. Foto: William Davidson)

Desde hace tres años escucho a Diego casi a diario, en trabajos de digitalización de fondos para el Centro Andaluz de Flamenco. Diego como centro de fiestas interminables, fiestas de vino blanco y pan de pueblo, fiestas de los años sesenta anteriores a la introspección del hachís y a la locura de la coca. Fiestas para celebrar la vida, simplemente, al son de la bulería, la soleá o los tangos. En esas fiestas estaban, entre otros, Perrate, Juan Talega, Manolito el de María, Joselero, Enrique el de la Paula, Fernanda y Bernarda, la Perrata, Amparo y María Torre, Ansonini, Paco Valdepeñas, Fernandillo… y en el centro Diego, marcando impasible el ritmo alterno flamenco y sacando tarjeta amarilla o roja a los que estaban flojitos en matemáticas. Así es la vida, así es el flamenco.

Salazar, el gran crítico musical, decía que si Andrés Segovia hubiese sido pianista no lo conocían ni en Linares, su pueblo. Y es que el maestro, el que puso de moda la guitarra clásica en todo el mundo, cuando interpretaba a Juan Sebastian Bach se tomaba las mismas licencias que Don Antonio Mairena: se dormía en las notas que le emocionaban a costa de destrozar el universo matemático del barroco. Por eso Diego hoy es la clave para la compresión de esa música tan perfecta y tan difícil que el cante gitano-andaluz.

Ricardo Pachón. Sevilla, septiembre del 2008.

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